El espejismo de la tecnoeducación


FUENTE: Imagen de Kaos tomada en la red y recuperada de librepenicmoncjose.blogspot.com


[Publicado en Cuadernos de Pedagogía]

La nube no desaparece, se convierte en lluvia.

Buda


A finales del mes de febrero de 2019 regresábamos de India con un grupo de futuros docentes. Allí conocimos una realidad totalmente distinta a la que vivimos día a día en las escuelas de Europa. A lo largo de los días invitamos a intervenir -cada mañana- a futuros educadores con grupos de niños y niñas. Un objetivo prioritario era evitar el trabajo infantil que realizaban -de sol a sol- en las empresas ladrilleras del entorno. Muchos de aquellos niños y niñas de India tenían como escuela el abrigo de los árboles entre dos desalmadas carreteras que rodean Delhi.


Cuando regresamos, estábamos preocupados. Pocas semanas después de nuestra llegada a Madrid todo se desencadenó de forma acelerada. La pandemia se extendió de forma incontrolada por España y algunos días después las autoridades decretaron el confinamiento de la población en sus casas. La situación en el resto del planeta no era distinta. Las escuelas echaron el cierre y debieron relegar la enseñanza al ingenio de los docentes inaugurando -de forma generalizada- la modalidad telemática como único recurso posible ante el distanciamiento absoluto entre alumnado y sus profesores. Las comunicaciones viajaban por las redes …. El medio cambió radicalmente. La distancia social exigió que todos reinventaramos nuestra forma de vivir en sociedad. Las relaciones no dejaban de ser la herramienta básica sobre la que nos construimos, pero el medio que las posibilitaba cambió radicalmente. Las tecnologías de la comunicación parecían el único asidero donde agarrase para mantener la relación, la educación y la sensación de construcción colectiva de la vida. Todos debimos asumir que el formato que estas imponían determinaba el modelo comunicativo. Sin duda era mejor que el aislamiento social, pero la libertad en la comunicación humana respondía a la arquitectura de las redes y no al revés. La urgencia era poder comunicarse de la forma que pudiéramos.

Los esfuerzos que protagonizó el profesorado por mantener la relación con su alumnado fueron espectaculares. Todos eran conscientes que la relación directa era insustituible.

Como respuesta al cierre de las escuelas debimos reinventar nuestras prácticas docentes y asumir que la relación que vivíamos con nuestros alumnos debía incluir la tecnología como herramienta que la hacía posible. Entonces me sentí afortunado de la existencia de Internet y las plataformas que me permitían ver la cara de los miembros del grupo con el que trabajaba, algo que no sucedía con compañeros docentes de otros países -como Chile- que me comentaban la imposibilidad de conexión de su alumnado.

La idea de que la tecnología iba a permitirme continuar con la idea de educación se fue desvaneciendo a lo largo de los meses. Los recursos tecnológicos de los que disponía condicionaban claramente las preguntas que podía hacerme a la hora de dar mis clases. Una vez más, las palabras de McLuhan asaltaban mi cabeza recordándome que “el medio es el mensaje”. Lejos quedó aquel otro estimulante título del mismo autor: “el medio es el masaje”.


La tecnología educativa fue en un primer momento el flotador de salvación en una situación extraordinaria de confinamiento generalizado. Pero -a lo largo de las semanas- pudimos comprobar como la propia estructura de las herramientas tecnológicas que manejábamos determinaban el qué, el cómo y el para qué educamos.

Espejismos


El éxito de los productos digitales didácticos ha sido relativo. Su capacidad de facilitar la construcción de comunidades estables de intereses basados en el aprendizaje ha tenido como rival insalvable la revalencia de las redes horizontales en las que el alumnado -y todo el mundo- navegan de forma estable. Las razones que explican este fenómeno no se basan en la calidad del contenido ofrecido, el objeto de la red o su capacidad para que los usuarios puedan crear libremente contenidos en la misma.


La clave está en la relación entre los conceptos de afectividad y libertad. Solo siendo conscientes de los modelos relaciones y afectivos que permite la red, la libertad es efectiva en los usuarios.


¿La tecnología abre caminos a la libertad en el diseño de mis clases o los constriñe?

En la actualidad, los modelos didácticos que emplean la Inteligencia Artificial (IA) como herramienta se ocupan sobre todo de generar una big data que personaliza la enseñanza. No se orientan a mejorar la reflexión sobre las necesidades educativas que tienen los aprendices del siglo XXI en un mundo con los graves problemas que posee. Esto supone entender que la educación es una acción de compromiso con las ideas, el mundo y la justicia. Algo que choca frontalmente con la ingenua idea de una educación decolorada, neutra y adaptativa.


Dotar a los alumnos de herramientas para mirar al mundo es una urgencia en la actualidad. Este es uno de los objetivos fundamentales que debe cumplir la educación en una sociedad -como la actual- en la que la tecnología se pinta como un recurso neutro en el modelo de desarrollo.


Trabajar para el desarrollo de la competencia digital-tecnológica en la sociedad actual invita a entender que la educación debe incidir en el aprendizaje de habilidades concretas que permitan habitar un mundo híbrido. Estas se desarrollan tanto en el plano virtual como el físico -si es que puede seguir señalándose diferencia entre ambas-.


Es importante el desarrollo de plataformas y productos tecnológicos orientados a la enseñanza. Las aplicaciones y redes sociales que facilitan el tratamiento de determinados contenidos o proyectos educativos pueden estar a disposición del alumnado y sus docentes. Pero si queremos que estos jueguen un papel relevante en la construcción del aprendizaje como un agente fundamental en el desarrollo personal y social del alumnado, es necesario que la educación asuma como encargo prioritario el desarrollo de habilidades de gestión de la realidad: pensamiento crítico, capacidad de entender el aprendizaje como un proyecto personal, pensamiento ejecutivo, la cooperación real y el pensamiento creativo.

La señal de alerta en la tecnoeducación

Los algoritmos son opiniones metidas en código

Cathy O`Neil


La educación es un agente capaz de influir en los gustos, valores, modos de vida, ocio, aspiraciones personales y profesionales, modelos de participación social, etc. En un sentido amplio –que va de lo formal a lo no formal e informal- nos sumerge en el mundo de las prisas por el éxito material, los modelos aceptados de desarrollo personal, social y vital.

Es capaz de modelar -de una forma más o menos poderosa- las respuestas, la construcción de valores, los comportamientos e incluso los afectos que vivimos. Los procesos educativos organizan nuestro habitar en el mundo asimilando juicios, verdades y aspiraciones. Pero también puede llegar a ejercer un papel liberador cuando su actividad se centra en el desarrollo del pensamiento crítico e invita a reflexionar sobre la realidad que vive el individuo y le dota de herramientas para actuar sobre ella.


Es innegable que la tecnología preside todos los ámbitos de nuestra vida en la sociedad actual. La encontramos en los espacios públicos y en los privados. Los medios de comunicación globales recorren el planeta modulando el trafico de la información y las relaciones entre las personas. También un determinado modelo de desarrollo y el status quo político, social y económico. La tecnología, también, modifica de forma decisiva el entorno físico y biológico de nuestro territorio, la atmósfera y el espacio cercano.


La relación entre tecnología y educación se hace presente en momentos cercanos como la búsqueda de información, la comunicación con los otros o el ocio.


Sin embargo, educar en la competencia digital no tiene que ver con cacharros. Educar en una sociedad en la que la tecnología se ha tatuado en la piel de las personas que la habitan, exige que seamos capaces de reconocer esta realidad. No solo los docentes; también el alumnado. Algo que se convierte en una urgencia en la enseñanza. Esto es la tecnoeducación: Ser capaz de identificar el papel que juega la tecnología en nuestras vidas y reconocer que tan solo es una entre las posibles. También que es posible emplearla y convivir con ella como parte del contexto en el que las personas habitan.


Lo necesario es desarrollar la capacidad de analizar la realidad híbrida que vivimos y situarnos en ella comprendiéndola y actuando de forma decidida y comprometida.

La tecnoeducción no se anida en las aplicaciones tecnológicas, se sumerge en la capacidad de humana para vivir realidades complejas y dimensionar su tamaño: hacer de la sociedad global una sociedad humana.


En definitiva, la tecnoeducación debe orientar su esfuerzo en conseguir que los alumnos desarrollen la capacidad de pensar el aprendizaje como un agente que les empodera en la sociedad que habitan y no como una herramienta de transmisión cultural, científica e ideológica. Hacerlo exige centrar los esfuerzos educativos en el desarrollo de habilidades relacionadas con el modelo de aprendizaje, la cooperación, la capacidad de actuar, de pensar críticamente y de flexibilizar el pensamiento.


En desarrollo de la competencia digital es un foco de atención en las administraciones nacionales, autonómicas y también supranacionales. En todas ellas el centro de atención se orienta a dotar de recursos suficientes a los ciudadanos de este mundo híbrido para habitarlo crítica, responsable y activamente. Sin embargo, esta realidad choca frontalmente con la ejecución práctica de los planes de formación docente que siguen centrándose en el aprendizaje de aplicaciones, plataformas mediáticas y cacharros. Educar la competencia digital no exige ordenadores, lo que precisa es incorporar habilidades de pensamiento crítico, ejecutivo y creativo a los currículos.

Algo que se expresa firmemente en las reformas legislativas pero que rebota -en muchos casos- contra la inercia de los muros de la enseñanza tradicional aún demasiado presente en nuestra sociedad.

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